domingo, 24 de enero de 2010

Alguien estableció hace a saber cuántos años que el paraíso estaba en el cielo y, el infierno bajo tierra. Ese individuo era un visionario.

Efectivamente el paraíso está en el cielo. No hay mejores viajes que los que se hacen en avión. Todos quieren viajar en primera, pero eso depende de que tu comportamiento en vida te haya permitido poder comprar un business o que la buena suerte haya hecho que sobrasen sitios en primera y faltasen en turista.

El avión se parece al cielo porque siempre hace frío. Da igual en qué fecha del año viajes, el aire acondicionado siempre estará puesto. Pero unos fantásticos ángeles, simpáticos donde los haya y que siempre hablan tu idioma, te traen mantas con toda la amabilidad del mundo. Puedes pasarte el viaje con una copa en la mano, comer, ver la tele, escuchar música o charlar con el de al lado sin que nada ni nadie te lo impida. La bebida nunca se te caerá encima a pesar de la velocidad del avión y, si hubiera peligro de ello por turbulencias, te avisan con tiempo. Es maravilloso.

Y desde luego que el infierno está bajo nuestros pies: el Metro. Un lugar donde siempre hace calor. En verano porque es verano y en invierno porque es invierno. Ahí abajo no saben de la existencia del aire acondicionado o calefacción y si lo saben nunca aciertan cuándo ponerlos.
Lo peor del infierno es la cantidad de gente que hay, sobre todo por las mañanas. Eso de que a quien madruga Dios le ayuda no es cierto. A quien madruga Dios en el metro estruja. Las estaciones de metro entre las 7’00 y las 8’30 de la mañana se convierten en un campo de batalla en el que luchan dos bandos: los que están dentro del vagón y los que quieren conquistarlo. Los de dentro utilizan cualquier arma para impedir que los de fuera entren, desde las mortales –empujones, patadas, escupitajos, etc.- hasta las manipulaciones y amenazas más despiadadas y crueles: “Estoy embarazada si me empujas un poco más abortaré aquí mismo”, “Si entras te arrancaré la cabeza”. Mientras los de fuera tienen dos opciones: jugársela, colarse y aliarse con el bando de dentro o resignarse, esperar otro tres y llegar tarde al trabajo.

Y resulta que los hechos más curiosos, escabrosos, morbosos y surrealistas ocurren en el infierno. La gente se suicida en el metro –mi pobre madre tuvo que sacar a un drogadicto que se había tirado de cabeza a la vía. Por fortuna había otros dos chicos jovencitos que le ayudaron- se droga, se mata, se esconde, se enamora, hace botellón, baila breakdance, roba. Y hablando de robar… ¿cómo es posible que en tres semanas me hayan robado una vez y lo hayan intentado otras tres? ¿Y en la misma estación en el mismo tramo de escaleras? ¿Y el mismo tío? O llevo un cartel de “róbame” o tengo cara de gilipoyas. O ser ladrón implica tener memoria pez. Lo peor o lo mejor, según se mire, es que al menos en el primer intento de robarme tras El Hurto no tenía nada que pudieran quitarme: ni cartera, ni dinero, ni móvil, ni llaves… ni un triste metrobús. Qué suerte.

En otra ocasión en el ramal Ópera-Príncipe Pío me encontré con una chica pelirroja natural –ya de por sí raro- que hizo de una de las barras del vagón una barra americana. Era impresionante ver cómo una cosa tan delgada y alargada podía aguantar el equilibrio en una línea tan peligrosa como esa. Luego está el chico de mi línea. Un tipo encantador, argentino de unos veinte años. Lleva un pequeño ampli, una guitarra eléctrica, un micrófono y un sombrero. Antes de tocar –siempre a la misma hora, por lo que tiene un público habitual y agradecido- nos cuenta chistes sobre nuestras tristes y alargadas caras. Yo le sonrío, le aplaudo y siempre que llevo suelto se lo doy –no todo-. Está claro, le tiro los trastos y como yo todas las chicas del vagón. Las señoras mayores siguen el ritmo de su música y las jóvenes se lo comen con los ojos.Es inevitable. Acento argentino, músico, guapísimo, rubio, ojos claros y encima con gracia. Quién lo pillara en un vagón vacío….

Otro personaje que me llamó la atención fue un viajero en la línea 6. Yo iba a Metropolitano. Tan tranquila, con mi música a tope jodiendo mis oídos y al de al lado. En frente de mí se sentó un chico joven, no atractivo y no bien vestido. Cuando me di cuenta el individuo en cuestión estaba haciendo que tocaba la batería y le ponía tal interés y tal concentración que parecía que la vida le iba en ello. Yo sólo miraba sus manos y sus pies y cuando me di cuenta él me estaba mirando fijamente. Al principio mi reacción fue un brinco de sorpresa, me puse roja y aparté la mirada; pero lo pensé bien y me dije que un tío con pinta de perro-flauta no se me iba a imponer así. Y le volví a mirar directo a los ojos. Él seguía mirándome y cuando empecé a seguir el ritmo de su imaginaria batería descubrí que lo que estaba haciendo que tocaba era la jodida canción que yo escuchaba en mi i-pod. Me reí, se rió y así estuvimos dos estaciones, aguantándonos la mirada mientras el daba golpes al aire…. Se bajó en Moncloa. Y desde fuera del vagón me echó la última mirada, sonrió y me dijo adiós con la mano. El muy cabrón consiguió que retirara la mirada de la vergüenza y me ganó. Nunca más.

En fin, me gusta el infierno. Ahí se puede improvisar una fiesta con un músico del metro, puede hacerse botellón, puedes suicidarte si quieres –a menos que esté mi madre ahí para salvarte- y puedes ser todo lo maleducado que te dé la gana, jugar al serio con desconocidos y descubrir instrumentos musicales exóticos. Me encanta.

¡Cuidado!

Viendo noticias varias he descubierto que tenemos espías de la SGAE por todas partes. Tened cuidado con lo que cantáis, con lo que bailáis y lo que escuháis. Empezad a silbar para dentro, vaya que os metan un puro.
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