lunes, 16 de enero de 2012

Cuando sales en una revista para tuertos.

Mi reloj un día decidió que a él el tiempo no le controlaba más así que ahora se cambia de hora cuando le viene en gana. Y es así como una día se queda dormida y, la segunda vez que le toca abrir la tienda, casi llega tarde. Tenía veinte minutos cuando me he despertado, lo que no estaba del todo mal… y diréis: “¡qué suerte despertarte sola a tiempo!” Sí, ya veréis mi suerte.

Lo primero que he hice fue prepararme un café bien cargado ya que aquella noche no había dormido muy bien. Me quedaban quince minutos para tener que salir de casa y ya tenía prácticamente todo preparado. Estaba yo con mi taza de café delante de la estantería decidiendo qué iba a estudiar ese día cuando de pronto, la taza se me resbala. Mi camiseta favorita, mis pantalones más versátiles, mis converse menos destruidas, los libros de la uni, la cámara de fotos nueva, la pared, el suelo… todo lleno de café. Me cambié tan deprisa y corriendo que me puse la misma ropa del día anterior (como os leo la mente sé que estáis pensando que “menuda tía más guarra que se quita la ropa y la vuelve a meter en el armario” pues mirad… casi tenéis razón. Primero, no tengo armario, sino unas barras a lo camerino de tía famosa guay; y segundo, la lavadora no funciona).

 Al llegar al trabajo, como iba justita de tiempo he dejado el bolso, abrigo, café-calienta manos, móvil, etc. en el suelo mientras abría la tienda. Al rato, cuando iba a usar el móvil para traducir un mensaje de “El Alemán” no lo he encontrado. “Mierda, qué coño he hecho con el móvil”. Lo busco desesperada y nada. Le pregunto a “EL PLASTA” (sí, con todas sus mayúsculas)  y me dice que ni idea. Pasan treinta segundos y concluyo que lo he perdido o me lo han robado y entonces pienso en lo que me costó, en lo que hay en él guardado, en que estaba esperando una llamada y en lo jodidamente desgraciada que soy.

EL PLASTA (al que hay que buscarle otro mote porque este es muy soso, no abarca todo lo pesado que es y tampoco puedo llamarle “El Indio” como hago con El Alemán o El Brasileño porque he preguntado y me tacharían de racista y me traería problemas; de hecho creo que sólo por este estúpido paréntesis ya los tendré) me ve ya con las lágrimas en los ojos y de pronto empieza a hablar muy rápido (mucho). No sé lo que dice, entre mi llanto y su digamos, imperceptible inglés no hay quien se entere. Él está nervioso y yo más. La gente que pasa nos mira extrañada, obviamente pasan de comprar (a esas horas y ante tal percal yo tampoco lo haría) y en ese momento se ralentiza el tiempo. Todo va más despacio aunque yo sigo pensando a la misma velocidad (pienso “mierda, mierda, mierda” unas cien veces por segundo) y entonces lo veo: mi móvil en su bolsillo.

El tío me mira sonriendo y me lo da. Yo no sé si abofetearle, retorcerle los pezones, darle una patada en la boca, darme la vuelta e ignorarle, gritar, no sé… Me vienen demasiadas ideas a la cabeza, desde torturas propias de la inquisición hasta comportamientos de los más estúpidos e infantiles como tirarme al suelo y patalear. Me decanto por algo menos llamativo: una mirada inquisitiva, una patadita contra el suelo y morritos. Espero a ver su reacción y a que de una explicación.

Pues una lección señores, esa es la explicación. El muy cabrón quiso darme una lección para que no volviese a “dejar tiradas las cosas de esa manera”. Vale, “eres más tonto de lo que creía, lección aprendida”.
Pero mi mala suerte aquella mañana no acabó ahí. Vosotros sabéis que los carteristas lo primero que buscan es la cartera, ¿verdad? Bueno pues por la gilipollez, alguien se fue de compras y no fui yo. Justo por no llevar el dinero en la cartera (que en realidad, para eso están) y por llevarlo en el bolsillo del pantalón lo he perdido. Por esto y porque llevo los pantalones demasiado ajustados he perdido ochenta libras. Creo que voy a hacerme rapera. Ahora que mi madre no puede verme puedo ponerme pantalones anchos y dejar de perder las cosas que meto en los bolsillos  sin escuchar un “pareces Jaimito Gazmoña” y sin sentirme del todo patética con ellos.

Aquél día además hacía frío, mucho. Y en el centro comercial se olvidaron de poner la calefacción… la única solución posible para mantenerse caliente era pegar saltitos y beber café. Lo del café mola porque aquí no es que lo hagan caliente, sino abrasivo. Y adivinad qué… no tuve frío en las horas que me quedaban de curro porque me abrasé una pierna. 
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