martes, 25 de septiembre de 2012

365 días.



Llevo un año ya en Londres.  365 días de acumular experiencias, muchas de ellas muy útiles, otras, no tanto.

Cada minuto pasado con mi amiga todo-me-sale-bien-a-la-primera me ha enseñado lo que es la amistad y la envidia sana.

Cada momento con mi amigo el-jugador-de-Quiditch, me ha enseñado a preocuparme menos y disfrutar más. Y que se puede recuperar una amistad.

Mi primer currillo aquí me enseñó lo importante que es tener contactos; y lo que es ser una simple asalariada. El segundo me ha recordado que hay mucha gente sin trabajo y que tengo que aprender a cambiar pañales.

Cuando vi la cara del alemán mientras escuchábamos un cuarteto de jazz comprendí lo que la música provoca en la gente. Y por qué la palabra jazz forma parte de su nombre artístico.

Cuando fui a mi primera rave en Londres y vi el panorama entendí la música electrónica y aprendí a disfrutarla.

Cuando no llevaba paraguas aprendí a valorar un tener un tejado bajo el que resguardarme.

Tras pasear por Brick Lane y alrededores comprendí lo que es el arte.

Cuando me encontré con el que fue mi primer novio comprendí lo que es hacerse mayor.

Después de que me rompieran el corazón y superarlo, comprendí lo que es pasar página.

Cuando me convertí en una cara en una pantalla para mi familia, supe lo que era echar de menos.

Cuando me robaron por tercera vez, aprendí a guardar la calma.

Cuando no tenía trabajo, aprendí a ahorrar y a valorar más lo que tenía.

Cuando se me estropeó la caldera en plena ola de frío, aprendí a valorar el tener agua caliente y calefacción.

Cuando llovía durante dos semanas a diario y no podía salir a patinar entendí lo que era el amor por un deporte.


Cuando cogí aquélla ola en Newquay entendí porqué todos los que surfean quieren dejar su trabajo e irse a vivir a la playa.

Cuando vi su cara mientras me enseñaba a coger olas, comprendí que en realidad, a todos nos gusta enseñar, pero solo unos pocos tienen la paciencia para hacerlo.

Cuando me dieron ésa matrícula de honor, aprendí lo satisfactorio del esfuerzo.

Tras dos conversaciones, con dos hombres, me he dado cuenta de cuánto valoro mi libertad.

Y después de escribir esto, me doy cuenta de todo lo que me falta por aprender aún. Así que me quedo en Londres un poco más.  
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