domingo, 21 de febrero de 2010

Fumadores VS Ex-fumadores.

Desde hace algún tiempo cada vez que voy a un bar tengo que aguantar la conversación ya dada de sí, destrozada y desgastada del tabaco. Ya he contestado trescientas veces “desde los catorce” y “porque me gusta”.
No-fumadores se quejan
de que el humo les molesta. Comprensible. No-fumadores se quejan de que la ropa huele mal. Comprensible. No-fumadores se quejan de muchas cosas. Bueno, también comprensible. E incluso soportable.

Lo que no es comprensible ni soportable son los ex-fumadores. Esos individuos que se quejan tanto. Más incluso, que los no-fumadores. Personas que pasan horas alardeando de la gran proeza de dejar de fumar, de las innumerables ventajas consecuencia de ello y de lo cabrones e intolerantes que somos los fumadores.

No lo aguanto. Soy una intolerante. Pero es que es inevitable. Con su aparente estoica actitud ante el tabaco ahora que lo han dejado, me bombardean con sus métodos inhumanos para haberlo conseguido. De pronto, tras haber abandonado el vicio se sienten unos elegidos e iluminados por una luz que antes el humo de sus cigarrillos tapaba se dedican a predicar su nueva religión de ex-fumadores, en realidad una imitación barata y además pesada de la de no-fumadores.

Creo que su maldito problema es una mezcla entre la mala exteriorización de su gran problema –la envidia que nos tienen a los fumadores- y de la idealización de los no-fumadores reales, a los que tienen en un pedestal tan alto que no saben cómo subirse.

Pero no me extraña su malestar. Dejar de fumar también tiene inconvenientes. El primero de ellos es que uno se convierte en ese tipo de personas calificadas como mono-tema: “llevo dos días sin fumar”, “llevo un mes sin fumar”, “dejar de fumar es lo mejor que he hecho en mi vida” y un largo etcétera. Las antes situaciones cómodas y cosas maravillosas que uno hacía pasan a ser terribles pues tenían implantadas el hábito del cigarro –tomar un café, una copa, el cigarrito de después de-. Dejar de fumar encima engorda y provoca trastornos alimenticios, desde ponerse como un tonel porque uno no puede dejar de comer hasta empezar a hacer mezclas extrañas con la comida y dejar de echarle azúcar al café.

El caso es que no puedo soportar ni comprender la lógica de un ex-fumador: Fuma, lo deja por su propia salud –a ver qué ex-fumador lo ha dejado por la salud de los demás- y luego viene a exigirme que yo lo deje porque afecta negativamente a los que están a mi alrededor.

*Nota: Y ahora en las bodas, ¿qué nos van a regalar? Tiene huevos que una no vaya a poder fumarse un puro ni en su propia boda….
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