lunes, 11 de enero de 2010

Mi abuelo Ramón.

Aquella foto olvidada en un cajón del escritorio de mi abuelo Ramón despertó a mis doce años la curiosidad que me llevó a investigar a lo largo de varios años el rastro de aquellos niños que salieron de su pueblo natal para embarcarse en un largo viaje de esperanza hacia la tierra prometida.

Quizás fueron aquellas pesquisas las que me llevaron a aficionarme a la labor de investigación de la que haría mi profesión como Inspector de Policía, abandonando así los anhelos paternos de la saga familiar que había iniciado mi abuelo como reputado empresario. De lo que no hay ninguna duda es que aquella foto supuso para mí el descubrimiento de un mundo infantil desconocido, que mi abuelo Ramón había querido olvidar para siempre.

Los niños de la foto nunca me hubieran llamado la atención si aquel pequeño de la primera fila, - el tercero empezando por la izquierda - con ambas manos metidas en sus bolsillos y gesto suspicaz, no hubiera sido como verme a mi mismo disfrazado. Supe inmediatamente que tenía que ser mi propio abuelo, y esto era en sí mismo un grandísimo descubrimiento, ya que nunca hubiera imaginado que nos podíamos parecer lo mas mínimo.

Guardé la foto en uno de los cajones de la habitación de juegos que tenía en la casa familiar y empecé a hacer indagaciones. Poco pudieron decirme mis padres, y mi abuela negó cualquier parecido con el niño de la foto. Pero poco a poco fui juntando datos y finalmente comprendí que mi abuelo no había nacido en Figueras y que aunque me costara años tenía que saber la verdad de su historia.

Han pasado veinte años desde que hiciera aquel descubrimiento y hoy he podido decirle a mi abuelo, que ha cumplido 90 años, qué fue de aquella niña que estaba junto a él en la foto y que sé que siempre ha llevado en su corazón.

La fotografía se hizo el día 15 de noviembre de 1930 con la finalidad de publicarla en un periódico local, ensalzando al ilustre benefactor, Juan Diego de Villar, que para ayudar a los niños huérfanos del pueblo minero de Cistierna, corrió con los gastos de viaje hasta A Coruña y desde allí en un barco a México, donde acogerían a los niños una institución por él mismo fundada que les ayudaría a abrirse un camino en el nuevo mundo para convertirles en hombres y mujeres de provecho, alejados de las penurias que sus padres habían sufrido en la minas.

Entre aquellos niños estaba Eleonor la única hermana de mi abuelo y Julián, su mejor amigo, un niño pendenciero y espabilado, que aparece junto a él en la foto. El 31 de diciembre de aquel mismo año mi abuelo Ramón se despidió de ellos para siempre, se escapó en mitad de la noche del barco en el que debían zarpar, dándole a cada uno de ellos un beso en la frente. Intuía mi abuelo que siempre ha sido un “zorro” que al llegar al nuevo mundo nada bueno les podía esperar, porque quedarían a cargo de un tal Damián (que aparece en la última fila de la foto con gorra y con bigote). Nada pudo decirle a su hermana ni a sus amigos, porque ellos tenían unas inmensas esperanzas en el viaje, y temía que al contarles sus sospechas acabaría enterándose el tal Damián y lo encerraría en la bodega del barco.

Mi abuelo cambió de apellido, trabajó muy duro y debido a su sagacidad se hizo muy rico. Nunca olvidó a su hermana y a su amigo, pero su conciencia no le permitió indagar en el que fuera el destino de ambos por temor a saber que habían tenido una vida de penurias. Le dije que solo le diría la verdad del resultado de mi investigación, y hoy por fin le he podido decir que Eleonor y Julián también resultaron vencedores en la lucha contra la adversidad, que emigraron desde México a los Estados Unidos ayudados por un sacerdote salesiano y que han vivido juntos y felices hasta que la muerte se llevó a Eleonor a los 80 años, y pocos meses después a Julián. Vivieron siempre con el recuerdo de Ramón, en la creencia de que este se había ahogado aquel 31 de diciembre de 1930 al caerse al agua.

Hoy he visto llorar por primera vez a mi abuelo.

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